¿Control o Acompañamiento? El Impacto Invisible de Cambiar a un Alumno de Lugar.
Por. Marcos Marte
«Tú te vas hasta adelante para tenerte vigilado», le dijo el maestro a un alumno mientras lo cambiaba de sitio. El grupo se rió y, sin necesidad de verbalizarlo, todos entendieron el mensaje implícito: él era el problemático.
Esta práctica es sumamente común en las aulas. Cuando un estudiante habla demasiado, se distrae, molesta a sus compañeros o no trabaja, la primera reacción suele ser sentarlo junto al escritorio del docente para resolver el problema. En ocasiones funciona; la cercanía física facilita el seguimiento, reduce las distracciones y permite intervenir de manera oportuna. Sin embargo, también puede ocurrir algo totalmente opuesto: que ese asiento se convierta en una especie de castigo visible.
El filósofo Michel Foucault analizó cómo instituciones como la escuela organizan los espacios, tiempos y posiciones para vigilar y regular las conductas. Su análisis deja una pregunta profunda sobre la práctica docente: ¿sentamos al alumno adelante para ayudarlo o para controlarlo?
No es lo mismo decir en privado: «Quiero que estés aquí porque desde esta posición podré apoyarte mejor», que manifestar frente a todo el grupo: «Te voy a poner adelante porque contigo no se puede». En el primer caso existe una intención de acompañamiento; en el segundo, aparece una etiqueta pública. Cuando un estudiante escucha constantemente que es el inquieto, el que distrae o el que nunca trabaja, termina por asumir y ejecutar ese papel dentro del aula.
Mover a un alumno de lugar rara vez es suficiente por sí solo. Antes de reubicarlo, conviene preguntarnos por qué se distrae:
- ¿La actividad le resulta demasiado difícil o la terminó antes que los demás?
- ¿Necesita mayor movimiento corporal durante el aprendizaje?
- ¿Existe algún conflicto latente con sus compañeros?
- ¿O simplemente hemos tipificado cualquier conducta diferente como un problema de indisciplina?
El cambio de asiento puede ser una estrategia pedagógica válida, pero debe tener un propósito educativo explícito. Podemos acercar al estudiante para acompañarlo, cambiar las parejas de trabajo, reorganizar el mobiliario del salón o probar distintas dinámicas de participación. Lo fundamental es evitar que la posición física en el aula retribuya una etiqueta estigmatizante.
Muchas veces pensamos: «Lo pongo adelante para que se porte bien», cuando la pregunta transformadora debería ser: «¿Qué necesita este alumno para poder participar mejor?». Sentarlo cerca del maestro puede ser el puente que lo aproxime al aprendizaje, o bien el recordatorio diario de que, para la institución, él sigue siendo el problema.
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