¿Para qué sirve realmente la disciplina escolar? Del control a la
autonomía
Por.
Marcos Marte
Convivencia y aprendizaje en el aula. Fuente:
Senthil Public School
Un alumno se levanta de su asiento, mira al
maestro y pregunta: «¿Por qué tengo que pedir permiso para levantarme,
guardar silencio o llegar a tiempo?». El docente, de manera casi
automática, responde: «Porque aquí hay reglas».
Esta escena, repetida a diario en miles de
aulas, plantea una pregunta fundamental: ¿para qué sirve realmente la
disciplina en la escuela?
La escuela no enseña disciplina para formar
alumnos sumisos o silenciosos —al menos no debería hacerlo—. Como explicaba el
sociólogo Émile Durkheim, la educación es también una preparación para
la vida en comunidad. Convivir con otros implica reconocer límites, esperar el
turno, cumplir acuerdos, respetar horarios, escuchar y asumir
responsabilidades.
El caos de
la libertad sin límites
Imaginemos por un momento un aula donde cada
estudiante hace únicamente lo que quiere:
- Uno
escucha música a alto volumen.
- Otra
grita desde su lugar.
- Alguien
entra y sale del aula según su antojo.
- Un
compañero interrumpe constantemente la clase.
En este escenario, el derecho individual de
cada uno termina anulando el derecho colectivo al aprendizaje. La disciplina,
por lo tanto, cumple una función esencial: crear las condiciones necesarias
para convivir y aprender juntos.
Confundir
disciplina con control
El problema surge cuando la comunidad
educativa confunde la disciplina con el control ciego, y el objetivo deja de
ser formar autonomía para convertirse en exigir obediencia.
|
Disciplina
punitiva (Control) |
Disciplina
formativa (Autonomía) |
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Puntualidad: Evitar
una sanción o reporte. |
Puntualidad:
Comprender que otros dependen de nuestros compromisos. |
|
Silencio: Callar
por temor al castigo. |
Silencio:
Reconocer que saber escuchar es participar. |
|
Tareas: Entregar
por no perder puntos. |
Tareas: Aprender
a organizarse y responder por lo asumido. |
La prueba
definitiva: ¿qué pasa cuando nadie mira?
Un estudiante puede comportarse de manera
impecable mientras el docente esté presente. Sin embargo, la pregunta crucial
es: ¿qué hará cuando nadie lo esté vigilando?
En este punto es donde aparece la verdadera
disciplina: la capacidad de autorregulación. La escuela necesita formar
personas que no se pregunten «¿qué me va a pasar si no obedezco?», sino «¿qué
consecuencias tienen mis decisiones para mí y para los demás?».
La mejor disciplina no es la que exige una
vigilancia permanente; es aquella que, progresivamente, se transforma en responsabilidad
personal.
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