martes, 8 de septiembre de 2026

El aula frente a la pantalla: ¿Prohibir el celular o aprender a estar presentes?

 

El aula frente a la pantalla: ¿Prohibir el celular o aprender a estar presentes?

Por. Marcos Marte

 Existe una escena que se repite con frecuencia en los centros educativos: el docente entra al aula, los estudiantes se acomodan y, antes de iniciar la lección, se escucha la indicación de costumbre: «Guarden los celulares». De inmediato, decenas de dispositivos desaparecen en las mochilas. Sin embargo, raras veces nos detenemos a reflexionar sobre cómo llegamos a este punto.

El teléfono móvil no irrumpió de golpe en la escuela; ingresó de forma gradual. Primero fue calculadora, luego diccionario; más tarde se transformó en cámara, buscador, agenda y canal directo de comunicación con la familia. Se convirtió en la vía para enviar tareas, notificar la suspensión de clases o comunicar una eventualidad. Un día, nos descubrimos ante una paradoja: el mismo dispositivo que facilita la enseñanza también puede neutralizar la atención por completo. Fue entonces cuando comenzó el debate sobre su prohibición.

Quizá estamos formulando la pregunta equivocada. El dilema no radica únicamente en quién porta un teléfono, sino en el uso que se le da. Y para abordar este fenómeno con honestidad, es necesario comenzar por los docentes.

En muchas instituciones, el teléfono del profesor sostiene procesos que el sistema educativo no ha logrado resolver. A falta de impresoras, equipos de cómputo funcionales o conexión a internet estable, los docentes recurren a grupos de mensajería para gestionar cambios de horario, recibir indicaciones de supervisión, compartir evidencias pedagógicas o atender a los padres de familia. El maestro registra fechas, consulta información, organiza actividades y envía calificaciones desde un dispositivo que, en gran medida, financia con sus propios recursos. Exigir la eliminación total del móvil sin considerar este contexto sería ignorar la realidad operativa de la escuela actual.

No obstante, existe otra faceta que debe examinarse con rigor: la del docente que distrae su atención frente al grupo para revisar redes sociales, atender asuntos personales o crear contenido para plataformas digitales mientras imparte clase. En estos casos, la falla no es del dispositivo, sino del criterio ético y profesional. Una cosa es emplear la tecnología como recurso de trabajo y otra muy distinta es convertir el espacio laboral en un escenario para fines ajenos a la enseñanza. Abordar esto no implica atacar ni justificar al cuerpo docente; implica asumir que, si pretendemos enseñar al alumnado a utilizar una herramienta en el momento y lugar adecuados, debemos dar el ejemplo.

Por otro lado, la perspectiva de los estudiantes plantea un desafío distinto. El móvil puede ser un recurso extraordinario para investigar, traducir textos, consultar fechas o acceder a lecturas; pero también posee el poder de aislar al alumno del entorno sin que abandone físicamente el aula. Un estudiante puede estar sentado en su pupitre mientras su mente se desplaza a través de videos, mensajes y notificaciones.

Este fenómeno trasciende la simple distracción: evidencia a una generación que crece con la posibilidad de evadir el aburrimiento de forma instantánea. Años atrás, ante una clase monótona, la alternativa era mirar por la ventana, dibujar o simplemente esperar. En esa espera imperfección existía un aprendizaje implícito: la capacidad de tolerar la pausa y habituar la mente a la presencia. Hoy, la pantalla ofrece una vía de escape inmediata.

El aprendizaje requiere permanencia: sostener la atención cuando la explicación resulta difícil, cuando no se comprende a la primera o cuando el tema no despierta un interés inmediato, hasta que el proceso cobra sentido. Ningún dispositivo puede realizar ese esfuerzo individual.

Por ello, la solución no radica únicamente en la restricción absoluta. Prohibir una herramienta no enseña a gestionarla; solo adiestra en el cumplimiento normativo bajo supervisión. Al egresar del sistema educativo, no habrá un reglamento ni una autoridad que retire el dispositivo; la decisión de usarlo o guardarlo dependerá de la autorregulación de cada individuo. La enseñanza pendiente no consiste solo en saber usar la tecnología, sino en aprender a no depender de ella en todo momento.

Aunque un teléfono puede ofrecer una respuesta en segundos, el docente ejerce una función que ninguna pantalla ha logrado reemplazar: percibir la duda en la mirada del alumno, explicar un concepto desde un enfoque distinto, preguntar qué ocurre y acompañar el proceso hasta que se consolide el aprendizaje.

El problema central no es que los estudiantes lleven un teléfono al aula; es asumir que cualquier momento sin una pantalla representa un tiempo perdido. El silencio, la espera, la reflexión y el contacto visual durante una explicación son componentes esenciales de la formación humana. La educación no consiste en saturar cada segundo con estímulos tecnológicos, sino en cultivar la capacidad de escuchar, pensar y observar.

Se trata de guardar el teléfono no por considerarlo un enemigo del conocimiento, sino para recordar el propósito fundamental de estar en el aula. Un dispositivo puede albergar toda la información del mundo, pero solo un maestro puede interpretar lo que requiere el ser humano que tiene enfrente.

No hay comentarios:

Publicar un comentario